La vuelta al pago (1 de 3 partes)

Está nublado y hace frío, finalmente llegamos a destino, a la cima del cielo, en el país del fin del mundo, estamos en la Argentina: Llegamos a Santiago del Estero. Un saludo con dos besos, uno en cada mejilla, el abrazo caluroso y las lagrimas por volver a ver al hermano que se fue, a los sobrinos que no conocían. La familia se reunió tras cinco largos años de ausencia, miles de kilómetros de distancia y dos o tres horas de diferencia en el horario con México, según sea la época.

Hace 12 días partimos junto a mi familia de mi Matamoros querido, iniciamos una aventura con destino a Santiago del Estero, Argentina, un recorrido que nos llevó cuatro días para llegar a nuestra meta.

El placer de recorrer por diferentes paisajes pudo mucho más que un viaje agotador para dos adultos y dos niños que soñaban con llegar a la tierra del Tango, del “Che” Guevara, del fin del mundo, las pampas, de Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y aunque no me guste, de Diego Maradona.

Después de enfrentarnos a varios trámites burocráticos en México, por fin logramos salir. De Matamoros hasta San Luis Potosi por vía automovilística. Gracias a Dios el viaje se realizó en un Tamaulipas tranquilo, lleno nacahuitas, naranjos, mezquites, huizaches, cruzar la Sierra Madre fue toda una aventura, llegar a Tula esplendoroso.

Hay una pregunta que resulta curiosa, mezcla de inocencia y de curiosidad. Faltando 122 kilómetros para llegar a Ciudad Victoria y Diego rompe el silencio ¿“que hora llegamos a Argentina”?. La travesía todavía esta en pañales.

En San Luis Potosí hicimos un cambio. Dejamos el auto para subir al autobús con destino al Distrito Federal. En la capital azteca esperamos once horas para tomar el avión y seguir con nuestro derrotero, por lo tanto aprovechamos el tiempo para despedirnos de los tacos, el tequila, las garnachas, el mariachi y pedirle a nuestra Virgen de Guadalupe que nos acompañara en el viaje.

Por fin en al avión. El despegue vertiginoso y contemplamos la ciudad de México de noche con luces que alumbran la Basílica, la torre Latinoamericana. Se logra visualizar el Paseo de la Reforma y antes
de perdernos en la obscuridad del cielo nos dicen adiós los volcanes: Popocatepetl e Iztlazihuatl, el corazón nos da un vuelco en el pecho: ¡Por fin nuestro sueño se cumple!.

Llegamos a Lima, en el Perú, la tierra del Inca, las llamas, Machu Pichu y de Mario Vargas Llosa, permanecemos solo cuatro horas en el aeropuerto. Somos viajeros en tránsito, pero nos dejo huella, tomamos un licuado de frutilla (fresa) el más caro que hemos pagado: cuatro dólares y medio estadounidenses el pequeño vaso.

De nuevo al avión, estamos a cuatro horas de Buenos Aires, de pronto el paisaje es indescriptible, sobrevolamos parte de la Cordillera de los Andes, logramos ver desde lo mas alto, los picos nevados mezclados con el color cobrizo en Antofagasta de la Sierra
(territorio boliviano), tiempo más tarde en las pantallas del avión anuncian que cruzamos por Santiago del Estero, ya estamos en la Argentina.

“Señores pasajeros, anunciamos la llegada a Buenos Aires, Argentina”, dice en dos idiomas el Piloto de la aeronave, el corazón nos da otro vuelco, por fin llegamos al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Recorremos las avenidas principales de la ciudad, decidimos no quedarnos y seguir el viaje. De allí vamos hasta Retiro (Central de Autobuses), tomamos un colectivo (camión de pasajeros), de dos pisos, los asientos se hacen camas, nos dan una almohada y una cobija y un joven sirve de cenar: pollo con champiñones, arroz, pan, ensal
ada de zanahoria con choclo (elote), postre de dulce de leche (cajeta), y media copa de vino tinto y más tarde ofrece whisky o Tres Marías (un combinado de licores).

La distancia entre Santiago del Estero y Buenos Aires es la misma que de Matamoros al Distrito Federal (1,200 kilómetros), al amanecer y faltando una hora para la última parada, nos dan el desayuno (almuerzo): café, jugo de naranja, pan con mermelada y galletas, aunque cueste creerlo la comodidad de este transporte tuvo un costo de 220 pesos argentinos, el equivalente a 45 dólares y en pesos mexicanos alrededor de 500.

Por fin en la ciudad capital de Santiago del Estero, saboreamos el mate, el asado, la empanada, ya escuchamos su folclore
, en especial la “chacarera”, mi esposo por fin volvió a su pago (tierra natal), mis hijos llegaron a la otra mitad de sus genes, y yo estoy en mi patria chica; la familia entera, todos los Navarro están ahí en la terminal (central de autobuses), ansiosos y felices por ver a las visitas, sentimiento que es reciproco.

Nos recibe un día nublado, fresco, aquí es otoño, se siente pronto la llegada del invierno, pero los abrazos y la alegría de volver hace que se sienta el calor, los “mexicanitos” vuelven locos a familiares y amigos sobre todo por su forma de hablar, llaman la atención. En casa tomamos mate (bebida tradicional), se prepara el asado, no hay tortillas ni chile, se come con pan y chimichurri, vino tinto y Fernet con coca.

Continuará…


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