La niñez amenazada y sin futuro
A veces me pregunto ¿Dónde esta Dios cuando suceden las desgracias?, ¿Por qué permite que los ojos de los niños se inunden de miedo, tristeza y soledad?, esas fotos que circulan por todo el mundo sobre las secuelas que dejo el terremoto en Haití han dejado un profundo dolor en el corazón de los seres humanos.
Mi mente da vueltas tratando de encontrar respuestas, y de pronto veo que una querida amiga me envía un correo electrónico, ella que no es creyente, pero es una mujer de buen corazón y alma noble, me dice: “Pienso que todos estamos pasando por diferentes tipos de terremotos, unos físicos, otros de violencia como la que se vive en México, y otros emocionales, esto por su falta de humanidad”, y creo que ahí esta la respuesta, no es cosa de Dios ni de religiones, es cuestión de valores, de sentimientos.
¿Necesitamos miles de muertos en un terremoto como el de Haití, o que un niño muera en medio del fuego cruzado entre militares y delincuentes o saber de niños que quedaron desamparados al tratar de cruzar la frontera o que el hijo de algún conocido este gravemente enfermo para volver a sentir amor por nuestro prójimo?.
Aún no se que estamos haciendo, que estamos enseñando a nuestros hijos, creo que perdimos la brújula, nos materializamos, nos volvimos como esos robots futuristas que salían en las películas de los años ochentas: fríos, calculadores, sin sentimientos. Tenemos que vivir una tragedia para detenernos y reaccionar, desgraciadamente el tiempo que todo cura y todo borra, no deja que la huella y el dolor profundicen, no permite que los sentimientos florezcan, en un par de días todo es olvidado.
En estos días no he podido dormir, solo de pensar que hay un niño viviendo entre las calles de esta ciudad, en las de este país, en las del mundo entero, vienen a mi mente los ojos tristes de los niños de Haití que quedaron huérfanos, el llanto de los recién nacidos que han sido abandonados en los basureros, el olor de los niños que viven en las cloacas de las grandes capitales, los cuerpos inertes de los que murieron de frío o por una irrespetuosa bala perdida.
¿Por qué el futuro del mundo anda descalzo, con hambre, con miedo? Porque los políticos, los religiosos, los empresarios millonarios, los poderosos, los trabajadores, la gente que tiene un pedazo de pan que comer y un techo donde refugiarse hacen un alto en sus agendas, no detienen un minuto sus relojes para salir y ver que hay millones de niños que están en la calle, que pueden hacer algo por ellos, que pueden poner su granito de sal y ayudar a salvar a los herederos de este planeta.
Quisiera tener el poder de un político, de un sacerdote o de un empresario millonario, si!, de esos que hay en esta ciudad, y pedirle a Dios que no permita que me ponga un venda en los ojos, recordar siempre cuales son los motivos de mi vida, cumplir las promesas que hice para llegar a donde ellos están. De esta forma sería mas fácil levantar la mano y poder actuar en pro de los demás, no tendría que batallar con la burocracia que ellos mismos imponen, sería mas fácil adoptar a un niño que a esta hora llora por frío o hambre, sería más fácil darles cobijo o llevarles un poco de amor.
No somos santos, pero dentro de estos cuerpos robotizados por el estrés, el trabajo y la ambición, aún tenemos fibras sensibles, aún el dolor ajeno duele como si fuera nuestro, es momento de parar al mundo y ver lo maravillosos que somos.
El argentino Armando Tejada Gómez, en su libro Antología de Juan, dice: “A esta hora, exactamente, hay un niño creciendo. Yo lo veo apretando su corazón pequeño, mirándonos a todos con sus ojos de fábula, viene, sube hacia el hombre acumulando cosas, un relámpago trunco le cruza la mirada, porque nadie protege esa vida que crece y el amor se ha perdido, como un niño en la calle...”
Mi mente da vueltas tratando de encontrar respuestas, y de pronto veo que una querida amiga me envía un correo electrónico, ella que no es creyente, pero es una mujer de buen corazón y alma noble, me dice: “Pienso que todos estamos pasando por diferentes tipos de terremotos, unos físicos, otros de violencia como la que se vive en México, y otros emocionales, esto por su falta de humanidad”, y creo que ahí esta la respuesta, no es cosa de Dios ni de religiones, es cuestión de valores, de sentimientos.
¿Necesitamos miles de muertos en un terremoto como el de Haití, o que un niño muera en medio del fuego cruzado entre militares y delincuentes o saber de niños que quedaron desamparados al tratar de cruzar la frontera o que el hijo de algún conocido este gravemente enfermo para volver a sentir amor por nuestro prójimo?.
Aún no se que estamos haciendo, que estamos enseñando a nuestros hijos, creo que perdimos la brújula, nos materializamos, nos volvimos como esos robots futuristas que salían en las películas de los años ochentas: fríos, calculadores, sin sentimientos. Tenemos que vivir una tragedia para detenernos y reaccionar, desgraciadamente el tiempo que todo cura y todo borra, no deja que la huella y el dolor profundicen, no permite que los sentimientos florezcan, en un par de días todo es olvidado.
En estos días no he podido dormir, solo de pensar que hay un niño viviendo entre las calles de esta ciudad, en las de este país, en las del mundo entero, vienen a mi mente los ojos tristes de los niños de Haití que quedaron huérfanos, el llanto de los recién nacidos que han sido abandonados en los basureros, el olor de los niños que viven en las cloacas de las grandes capitales, los cuerpos inertes de los que murieron de frío o por una irrespetuosa bala perdida.
¿Por qué el futuro del mundo anda descalzo, con hambre, con miedo? Porque los políticos, los religiosos, los empresarios millonarios, los poderosos, los trabajadores, la gente que tiene un pedazo de pan que comer y un techo donde refugiarse hacen un alto en sus agendas, no detienen un minuto sus relojes para salir y ver que hay millones de niños que están en la calle, que pueden hacer algo por ellos, que pueden poner su granito de sal y ayudar a salvar a los herederos de este planeta.
Quisiera tener el poder de un político, de un sacerdote o de un empresario millonario, si!, de esos que hay en esta ciudad, y pedirle a Dios que no permita que me ponga un venda en los ojos, recordar siempre cuales son los motivos de mi vida, cumplir las promesas que hice para llegar a donde ellos están. De esta forma sería mas fácil levantar la mano y poder actuar en pro de los demás, no tendría que batallar con la burocracia que ellos mismos imponen, sería mas fácil adoptar a un niño que a esta hora llora por frío o hambre, sería más fácil darles cobijo o llevarles un poco de amor.
No somos santos, pero dentro de estos cuerpos robotizados por el estrés, el trabajo y la ambición, aún tenemos fibras sensibles, aún el dolor ajeno duele como si fuera nuestro, es momento de parar al mundo y ver lo maravillosos que somos.
El argentino Armando Tejada Gómez, en su libro Antología de Juan, dice: “A esta hora, exactamente, hay un niño creciendo. Yo lo veo apretando su corazón pequeño, mirándonos a todos con sus ojos de fábula, viene, sube hacia el hombre acumulando cosas, un relámpago trunco le cruza la mirada, porque nadie protege esa vida que crece y el amor se ha perdido, como un niño en la calle...”


Comentarios
Publicar un comentario